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miércoles, 10 de junio de 2009

El ruso. Por MIguel Iturria Savón.

A Denis Torres Sokurenko le decían el ruso, pero era ucraniano; nació en Kiev, donde su padre fue a estudiar a fines de los años setenta, cuando Cuba giraba en la órbita de la Unión Soviética y Moscú era el centro de atracción de los países socialistas. El becario habanero regresó con su título universitario, una esposa bellísima y un niño de brazos que creció en un barrio de San Miguel del Padrón, entre las malas palabras de los vecinos y los susurros nostálgicos de la madre eslava, a quien conocí en agosto de 1998 en una Unidad antiaérea de Santa María del Rosario, mientras cada uno esperaba al hijo, convertidos en amigos por obra y gracia del Servicio militar obligatorio.
La amistad entre los jóvenes uniformados convirtió a Denis en visitante ocasional de mi casa, centro de fugas y coordinación de fechorías hasta que ambos ascendieron a sargentos, lo cual implicó ciertas ventajas para tolerar las órdenes absurdas, el encierro y el hambre de los cuarteles, especie de barracones sin cañaverales.
El ruso es un rubio alto, fuerte, velludo, de pelo amarillo y ojos claros, un típico ejemplar eslavo bajo el sol tropical. A sus rasgos físicos sumaba el espíritu romántico de la madre ucraniana y la vocación militar del padre cubano. Como se convirtió en el mejor flechero del Ejército occidental, creíamos que aceptaría un curso para oficiales, pero su inteligencia, carisma y jovialidad, lo ayudaron a buscar otro horizonte al concluir el Servicio militar.
Como sargento y jefe de pelotón de una batería de cohetes se sintió decepcionado por la incompetencia, el desvío de recursos, la soberbia y el maltrato de los soldados por parte de los oficiales. La falta de equidad en el plano de las relaciones y su sentido de la amistad lo inclinaron al bando de sus compañeros, lo cual le creó problemas con el mando.
Al finalizar sus días en el regimiento el ruso se fugaba como los demás. En la postrimería fingió una lesión en la rodilla, se inyectó miel, empezó a cojear y obtuvo un certificado médico. Entonces alternó las guardias con un empleo en la cafetería de un vecino; luego incursionó en pequeños negocios, compraba autos viejos, los reparaba y revendía; invirtió su ganancia en la cría de cerdos y hasta especuló con corales.
Cuando obtuvo la baja ya había cambiado su estatus de vida y estaba preparado para sobrevivir de su esfuerzo personal en cualquier sociedad. Como en ese momento nuestros jóvenes buscaban el horizonte fuera de las costas cubanas, Denis se acordó de su condición natural y obtuvo el pasaporte de Ucrania o Rusia con la ayuda de la madre, que vivía en Cojímar con un mulato.
La corriente migratoria que predominó en la isla entre los años 2001 y 2002 pasaba por la obtención de una Carta de invitación a Rusia, cuya embajada en La Habana concedía la visa con facilidad. El avión iba a Moscú pero se quedaba medio vacío en Madrid. El éxodo se interrumpe por la protesta de la Cancillería española cuando todos los pasajeros de una aeronave cubana pidieron asilo al llegar a Barajas; solo el piloto y sus asistentes continuaron el viaje.
Desde ese escándalo internacional nadie ha visto Denis Torres Sokurenko, “el ruso” de Kiev que creció en La Habana, de donde partió en busca de otro paraíso. Sus amigos del Servicio militar no saben si pasa frío en Kiev, vende jamón pata negra en Madrid o se baña en Miami Beach. Tampoco conocen si la madre se fue tras él, o se acostumbró al calor y al mulato de Cojímar.

viernes, 15 de mayo de 2009

El indomable. Por Miguel Iturria Savón.

Cada vez que veo a Didier me acuerdo del Paul Newman en La leyenda del indomable. El joven cubano es trigueño, delgado y narizón, pero evoca al personaje de Hollywood por la astucia y la voluntad al escapar de las prisiones mientras cumplía el Servicio Militar Obligatorio en el Regimiento antiaéreo que colinda con el Combinado del Este, donde lo conocí en 1999 al visitar a mi hijo, retenido por “faltarle el respeto al Jefe de Estado Mayor”.
Didier era una leyenda entre los soldados y oficiales, algunos de los cuales fueron sancionados por su culpa. El político no sabía qué hacer con él y el coronel extremaba las medidas para conducirlo a juicio por evasión continua y trasladarlo al penal. No imaginaban que al final nuestro Papillón sería más sutil que ellos.
Inicialmente fue soldado del Cuerpo de Seguridad de la Unidad militar 2369, fusionada con la 1700, ubicada en Santa María del Rosario, al sudeste de Ciudad Habana, donde dicen que robaba gasolina antes de ir al calabozo por primera vez. Escapó cuando un posta abrió la reja para darle la comida. Corrió como un venado y se internó en un bosque cercano.
Fue capturado por el Cuerpo de prevención de las Fuerzas Armadas y conducido al cuartel de estos en Reloj Club, municipio Boyeros. Allí se rebeló contra los abusos aplicados a los soldados. Volvió a fugarse durante el traslado a su Unidad aunque iba en calzoncillos y con las manos atadas a la espalda. Se tiró de la camioneta en una intercepción y corrió hasta la casa de un campesino, a quien le contó que fue asaltado y despojado de sus bienes.
Al mes siguiente lo apresaron otra vez y lo condujeron al Centro de Entrenamiento Intensivo de Managua, prisión militar provisional en la que obligan a los reclusos a hacer ejercicios con fusil, casco y botas antes de ser juzgados. De esta también escapó de forma espectacular pero lo sorprendieron en la casa de la novia, que lo visitaba cada día en el calabozo de su Unidad, de donde logró fugarse a través de un hueco hecho con cabillas en la pared, por lo cual castigaron al resto de los detenidos y el mando ordenó un ejercicio demostrativo con el soldado más flaco del regimiento.
Al terminar los dos años de Servicio Militar Didier no había cumplido ni tres meses con sus deberes de soldado. Mientras esperaba el trasladado a la Prisión de Ganuza coincidió en la celda con un chico operado de apendicitis, quien le explicó los síntomas de la enfermedad. Inmediatamente empezó a fingir los achaques de esta y convenció a los médicos que lo examinaron. Fue operado en el Hospital Naval. Durante la convalecencia le dieron la baja.
A diferencia del mago Houdine, rey de las fugas, Didier no murió de apendicitis. Cambió esa porción de su cuerpo por la libertad. Nuestro indomable contrasta con el personaje de Paul Newman, que muere al final del filme.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Paranoia popular. Por Miguel Iturria Savón.

Un amigo que finaliza los estudios de inglés en una escuela de nivel medio de Ciudad Habana, me decía que su profesor orientó como tarea de fin de semana una composición sobre una personalidad de las ciencias, las letras o la vida política de notable influencia social. Hubo quien escogió a Newton, Einstein, Shakespeare, Hemingway, Gandhi, Gorbachov.
Alguien mencionó a Fidel Castro. Al profesor le pareció bien, pero se puso en guardia. “Cuidado con lo que dicen de Fidel. Ya no es el Jefe de Estado, pero sigue al frente del Partido y es la máxima figura de Cuba. Recuerden que esta escuela es una institución del gobierno, al cual yo represento ante ustedes”.
Me dice el amigo que “la temperatura del miedo no subió entre los alumnos; sentimos pena por el profesor, un hombre apagado de casi sesenta años, que lleva treinta en la docencia, en el mismo lugar. Pensó que una simple composición sobre un líder mutilado le crearía problemas. Imaginó fantasmas entre nosotros…”
El tema es recurrente. Hay ejemplos puntuales en otros centros de enseñanza. Los maestros, como los funcionarios, tienen miedo. El miedo paraliza la expresión de los alumnos y profesores. Imaginan que detrás de cada pupitre hay un delator encubierto, capaz de denunciar las opiniones divergentes. El adoctrinamiento ideológico desata suspicacias. La represión del pensamiento comienza en las escuelas primarias y llega a las universidades.
Recuerdo a un amigo de El Vedado que habló con la maestra y con el director de la escuela cuando su hijo comenzó la primaria. “Ustedes obligan a los niños a gritar consignas y decir mentiras; en casa le vamos a explicar las verdades al ayudarlos en las tareas. No quiero que mi hijo sea como el Che, el Che fue un guerrillero con mentalidad de asesino, un ministro incompetente e irresponsable; igual que Fidel Castro, el gran dictador de Cuba…”
-“Papá, por favor, no nos cree problemas; su propio hijo lo va a enfrentar; no podemos navegar contra la corriente. Si les dijéramos esas cosas nos botarían de la escuela”-
Mi amigo se mantiene en sus trece. El director y la maestra lo tratan con respeto y recelo. Ellos saben que él tiene razón, pero están paralizados por la paranoia colectiva. No piensan, repiten las mentiras de los programas escolares; más no se sienten cómplices de la dictadura comunista. Prefieren hablar de la tiranía de Batista. Creen que los problemas del presente serán analizados en el futuro.
Es evidente la mentalidad codificada. Predominan los conceptos preestablecidos, como en la escolástica medieval. La gente ajusta sus opiniones a la moral media. Saben que hay figuras intocables y temas tabúes. Hacerse el sueco es una forma de sobrevivir. Poner la luz verde evita los enfrentamientos.
Tales actitudes son lamentables. La obligación de expresar lo que sentimos, sin miedo ni recelos, es un derecho y un deber de las personas. Los maestros y profesores deberían saberlo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Mente codificada. Por Miguel Iturria Savón.

Un abogado de Mayarí que ejerce en un bufete municipal de La Habana, me contó que antes de establecerse en la capital asumió la defensa de un joven del pueblito de Levisa que un día festivo vociferó algunas palabrotas en plena calle contra Fidel, por lo cual fue detenido por un policía que lo acusó de denigrar al Comandante en Jefe.
Meses después, en el juicio, el abogado asumió como tesis de defensa que el joven no se refería a Fidel Castro Ruz, sino al mecánico de igual nombre, un tipo de su barrio con fama de borracho y mentiroso. El juez pospuso la sentencia para verificar la versión del letrado pues en la acusación no aparecía el apellido del ofendido.
En la otra sesión del tribunal el juez, que “en los pueblos de oriente se comporta como un alcalde de barrio”, escuchó a los testigos, al detenido y al letrado de la defensa antes de dictar sentencia. El magistrado dijo:
-“Hemos comprobado que existe en el pueblo un vecino del acusado que se llama Fidel, el cual es mecánico de televisión y actúa con deshonestidad; pero estamos seguros que usted es responsable porque en Cuba hay un solo hijo de puta con ese nombre. Eso se penaliza con privación de libertad de uno a tres años por la figura agravada de desacato, prevista en el artículo 144 (incisos 1 y 2) del Código penal”-
La anécdota del abogado y el juez vienen a cuento porque días atrás asistí a un juicio similar en un tribunal de Ciudad Habana, que juzgó a dos jóvenes que llevaban seis meses de prisión preventiva por el delito de desacato a las figuras del Comandante Fidel y su hermano Raúl Castro, actual Presidente del Consejo de Estado y de Ministros de Cuba.
Supe en el juicio que los acusados bailaron en las aceras de su barrio, mientras cantaban “Abajo Fidel, abajo Raúl, nos vamos pá la Yuma”. La fiscal presentó como testigo a la presidenta del CDR de la cuadra, quien bailó y canturreó la misma estrofa para ilustrar la denuncia. Según la abogada, los jóvenes solo demostraron su alegría por la partida y su descontento con el gobierno de los Castro. “La euforia de estos muchachos no constituye amenaza, calumnia, difamación, injuria ni ofensa a los mandatarios. Las palabras abajo… es, en todo caso, expresión de desacuerdo; no implican incitación a nada”.
Pero la fiscal se mantuvo en sus trece, no pensó en los argumentos de la defensa, en los meses cumplidos en prisión por los jóvenes acusados, ni en la alegría desatada por la partida. Para ella, lo expresado fue una herejía prevista y sancionada en el artículo 144, incisos 1 y 2, de la Ley 62 del Código penal.
El juicio reciente y la anécdota del viejo abogado oriental integran nuestro folklor jurídico, pero demuestran la mentalidad codificada de muchos jueces y fiscales de Cuba, donde hay nombres y cargos que limitan hasta el pensamiento.

lunes, 2 de marzo de 2009

Mono de feria. Por Miguel Iturria Savón.

-Yo te aseguro que todavía no es una momia, las momias no respiran, no reflexionan ni posan para la prensa. El “Caballo” es un Mono de feria vestido de Adidas-
-Quizás sea nuestro Quijote, un Quijote que manda desde la cama y recibe a visitantes ilustres. Pero su hermano, ¿quién es, Sancho Panza?-
-Ni Quijote ni Sancho. Fidel Castro reaparece como un mono amaestrado que se deja retratar y asusta con las estupideces que escribe. Raúl es su fantoche, el segundón de siempre, la Presidencia le queda grande.
Los hombres que conversan estaban sentados a mi lado, el sábado 21 de febrero en un banco del Parque central de La Habana, a unos metros de la estatua de José Martí y de los gritones de la Peña de béisbol que comentaban sobre el Clásico mundial. Al ver que yo leía El Nuevo Herald del día anterior, se acercaron para “echarle un vistazo”.
El “vistazo” fue de media hora. Se fijaron en la victoria del boxeador Yuriorkis Gamboa; en la nota sobre el Mono Jojoy, jefe guerrillero que agoniza en las selvas de Colombia; en el rostro de Arnold Schwarzenegger, Gobernador de California y paradigma de los forzudos. Rieron después con “Colón y el Tigre de la Malasia”, de Adolfo Rivero Caro, quien narra el desencuentro entre el Presidente de Guatemala y Fidel Castro.
El último texto del diario volvió a conectar a Arturo y Manolo con el ex líder cubano, al cual consideran un “Mono de feria” sin pensar en la altura angelical que le conceden los cinco presidentes de América Latina que visitaron La Habana entre enero y febrero.
La catarsis pública de los amigos del parque me estimuló a preguntarle algunas cosas mientras esperaba por la ruta 265 para ir al Cerro, motivo de mi estancia en el lugar.
A mis espaldas el Hotel Inglaterra y el antiguo Centro Gallego de La Habana; a la derecha el Cine Payret; al frente la Manzana de Gómez y el edificio del Centro Asturiano, añadido al Museo Nacional de Arte; a la izquierda el Hotel Parque Central. Hay personas que transitan, leen, discuten o miran las esculturas de las fuentes.
-¿Por qué piensan así de nuestro ex gobernante?
-Le voy a contestar porque usted lee un periódico de Miami que vale más que toda la prensa de Cuba, eso lo hace confiable-; dice Arturo, un mulato de unos 65 años, quien agrega:
- Fui alfabetizador, cortador de caña, profesor de secundaria básica y ahora estoy jubilado. Llevo 50 años bajo la comedia de los Castro, quienes siguen con el jueguito de la revolución y el imperialismo sin pagar los platos rotos del desastre. Es demasiado.-
-Pero esa forma de llamarlo…, digo, y Manolo me interrumpe:
-Yo creo que Arturo tiene razón, Fidel y Raúl no tienen nada nuevo que decir; prometen lo mismo, reprimen, controlan, prohíben, pero no resuelven los problemas de las gentes, que vive del invento. ¿Quién va a creer en el cuento del enemigo y el bloqueo si más de un millón de cubanos vive en los Estados Unidos y les va mejor que aquí?-
Manolo, de 61 años, fue oficial del Ejército y participó en las guerras de Angola y Etiopía. No trabaja desde que se licenció. Dice conocer al régimen por dentro.
-¿Y no creen en un cambio hacia la democracia en Cuba?
-¡El socialismo no cambia, se pudre! Aquí casi nadie cree en los cambios anunciados por Raúl Castro; eso fue una maniobra para ganar tiempo. Mientras el gobierno reciba el petróleo de Venezuela y las armas y dineros de China y Rusia todo seguirá igual. Seguiremos 20 años más entre la mentira y la pobreza-
El que habla es Manolo, el ex militar expulsado del Partido comunista por su negativa a integrar la reserva de las Fuerzas armadas.
-¿Y entonces, qué hacer?
-Mire, dice Arturo, lo peor es que mucha gente roba, inventa, se va en una balsa para los Estados o trabaja para el gobierno. Yo sobrevivo con lo que me envía mi hijo de Miami. Manolo hace negocitos.
La llegada del ómnibus que yo esperaba me dejó con el deseo de preguntarles sobre la oposición interna y las visitas de los presidentes de Ecuador, Panamá, Argentina, Chile y Guatemala, quienes desfilaron por La Habana y abrazaron a los hermanos Castro como a dioses tutelares.
Esta es una historia recurrente entre los cubanos. Hombres que trabajaron duro y están decepcionados. Identifican los problemas personales y colectivos con Fidel Castro, quien deja de ser el paradigma nacional para convertirse en “La Bestia”, “La Momia”, “El Fantasma” y el “Mono de Feria”.

viernes, 6 de febrero de 2009

El pastor. Por Miguel Iturria Savón.



Parece un espantapájaros entre las rocas. Casi nadie sabe su nombre. Le dicen el pastor, el viejo de los chivos, el guajiro de la costa y otros seudónimos irreverentes. Es una figura habitual del paisaje costero del reparto “Camilo Cienfuegos”, al norte de La Habana. Su imagen y su anticuada vestimenta contrastan con la belleza del mar pero humaniza la aridez del entorno.
Lo vi a fines de diciembre desde una ventana del apartamento de una amiga, en La Habana del Este. Ella lo había visto otras veces sin reparar en su estampa. “Parece un paquistaní sin turbante. En verano los muchachos que invaden la costa le espantan los animales y le gritan horrores, pero él nunca responde”.
Hace poco me acerqué con una cámara digital. El viejo pastor se dejó retratar y me contó algunas cosas. Los animales son de su hermano mayor, quien fue combatiente del Ejército Rebelde y estuvo en Angola. Ambos son jubilados de las fuerzas armadas y complementan la chequera con la cría y venta de chivos y carneros. Guardan los animales en una finca cercana.
El pastor de La Habana del Este lleva muchos años en la capital pero conserva sus hábitos y su mentalidad campesina. Por su acento y su forma de vestir parece un guerrillero que envejeció en la Sierra Maestra. A uno de sus hermanos le otorgaron un apartamento en el reparto Camilo en los años sesenta.
El viernes pasado volví a verlo cerca de la costa. Yo iba en la ruta 265 y él pastoreaba detrás de la Villa Panamericana. Alguien me dijo entonces que algunos de los turistas hospedados en los moteles de esa urbanización bajan al mar para retratarlo.
Al mirar las fotos que le tiré al pastor recordé a otros ancianos de la zona que reproducen su cultura rural en medio de plazas y edificaciones. Entre las rocas y los modernos edificios de La Habana del Este es posible encontrar a pescadores diurnos, a jóvenes que desafían las olas, mujeres que tienden ropas a un costado de la carretera que bordea la costa, y a viejos entretenidos con objetos que pudieran reparar en el balcón de su apartamento.
Algo similar sucede en los alrededores de Casablanca, al fondo de la Villa Panamericana y en la zona de edificios de Cojímar y Alamar, donde la urbanización no ha concluido y los espacios enyerbados son cercados por ancianos que siembran plátanos y vegetales para compensar la dieta del hogar o evadir los precios astronómicos del mercado agropecuario.
El pastor de la costa y los viejos que cultivan entre rocas y edificios son una estampa rural en el nordeste de la capital.

lunes, 2 de febrero de 2009

Nokia y plátano burro. Por Jorge Olivera Castillo.

El teléfono celular ya dejó de ser aquel objeto al que el cubano le dedicaba muecas de asombro y aparatosas expresiones orales. Miles de coterraneos hacen gala de su nuevo instrumento. Lo exhiben con donaire como si tuvieran entre la palma de la mano un diamante. Viven sus días de gloria con la tecnología dentro del bolsillo o enganchada en la cintura.
Es una de las últimas modas, la manera de mostrar poder, el juguete preferido, la nave para dar un viaje temporal al desarrollo. No importa que, por llamar, el minuto cueste 0.60 centavos en pesos convertibles (casi un dólar). Para eso hay solución: frases cortas, apego a la síntesis, si es preciso monosílabos para redoblar las medidas de ahorro.
El problema no llega solo para el que inicia la llamada. La compañía que monopoliza las telecomunicaciones en Cuba, le cobra también al destinatario. Un tanto menos, pero no le queda más remedio. Son las reglas del juego.
Existe una vía a tomar con el propósito de extender la eficiencia de las tarjetas prepagadas por valor de 10 o 20 pesos convertibles (aproximadamente 12 y 22 dólares). La opción comunicacional por medio de los mensajes de textos, alivia el peso dela carga económica. Un poco más de 100 dígitos enviados representan 0.16 centavos en pesos convertibles. En este caso el receptor se escapa del pago, de acuerdo a lo establecido a la hora de efectuar el contrato.
El cubano se adapta a las circunstancias. En eso tiene un largo historial que le reporta una buena dosis de experiencia. Cualquiera que no esté familiarizado con el funcionamiento de la sociedad cubana, puede resultarle complicado encontrar una respuesta idónea a la pregunta de: ¿Cómo los cubanos pueden pagar por una línea de telefonía móvil a 60 pesos convertibles, con los subsiguientes desembolsos para mantenerla, si el salario promedio apenas rebasa las 20 unidades en esta moneda?
Entre los principales medios que facilitan el acceso se encuentran las remesas recibidas desde el exterior y por otro lado las ganancias provenientes de las transacciones ilícitas que suceden bajo la cobertura de unos niveles de corrupción, facilitadores del fraude, la especulación, entre otras acciones con sobradas credenciales en todo el país.
El teléfono celular, es hoy en la Isla, un discreto símbolo de la civilización. Un detalle de modernidad entre las imágenes decadentes de un sistema que no acaba de admitir sus fracasos.
La euforia por ser partícipes de esta pequeña y limitada fiesta tecnológica, da las coordenadas para descubrir en que peldaño de la involución nos encontramos.
A través de Nokia y Motorola los clientes insulares se sumergen en un mundo diferente al que le vende el partido comunista. Los sermones ideológicos se tornan más obsoletos que de costumbre. Se salta, con cierta facilidad, por encima de las alambradas del socialismo.
Entre la frivolidad y el orgullo que ese hito de las comunicaciones despierta en muchos jóvenes y adultos cubanos, hay una zona donde crece la necesidad de sentirse libre.
Una realidad que no admite discusión es la convivencia- por mucho tiempo- entre dos Cubas. En una conseguí 10 plátanos burros a 2 pesos en moneda nacional cada uno. Un 300% por encima del precio que tenían anteriormente. Margot, lo vende, a escondidas en su choza de 16 metros cuadrados, empotrada en uno callejones de la capital. Desde el mes de octubre este producto no se oferta en Ciudad de La Habana a causa de su escasa disponibilidad tras el paso de tres ciclones.
La otra es la de los extranjeros y la nomenclatura. Capitalista, exuberante, pletórica en lujos. Nadie nos prohíbe mirar hacia esas instancias. Es uno de pocos derechos inalienables.
Ser propietario de un Nokia nos acerca a las múltiples réplicas del primer mundo que existen a lo largo y ancho de Cuba. Por eso el desespero y las angustias por portar uno de esos aparatos. Definitivamente es bueno ir aprendiendo las lecciones del desarrollo desde la indigencia. Por algo hay que empezar.
oliverajorge75@yahoo.com

viernes, 30 de enero de 2009

La movida. Por Miguel Iturria Savón.

La movida. / Miguel Iturria Savón.
Los leones del Prado duermen de día y vigilan de noche. Por el día posan para los turistas y observan a los niños que corren o patinan por el centro del paseo. La noche es más movida. Hay parejas de amantes y cazadores de todo tipo. Es difícil pegar los ojos.
Tal vez le pase lo mismo al Tritón ubicado al costado de la bahía, frente al Castillo de la fuerza; o a la India de la fuente, que sonríe desde el mármol en otro ángulo del Prado, escoltada por el hotel Saratoga y por la calle que la separa del Parque de la fraternidad, antro nocturno de La Habana, a pesar de los hieráticos y soberbios caudillos del continente que posan para la eternidad entre bancos, aceras y árboles.
A nuestra capital les falta la escultura del sol, de la luna, del diablo y de otras deidades naturales y divinas que enfrenten, junto a los próceres que proliferan en los espacios públicos, al ejército de noctámbulos, drogadictos, gays, ladrones, mendigos, prostitutas y borrachos que ante la ausencia de clubes, moteles y cabarets convierten los parques y las plazas en sitios de descargas, con sexo, violencia y lenguaje de adultos.
Cada noche, mientras la ciudad duerme, se desatan los linajes del exceso. El Parque central, custodiado por José Martí, héroe nacional y mecenas de la ética, es un lupanar de mancebos que acosan a los turistas homosexuales. El Malecón es el coto de caza de las chicas alegres y de los gigolós que las controlan. Los gay se reúnen frente al mar, entre 23 y 19, al fondo del Hotel Nacional; de donde salen con su presa para el Bosque de La Habana, el Parque de la Fraternidad, el cercano Parque del Curita y otros nidos.
El enorme portal del Palacio de Aldama, sede del Instituto de Historia, es el meadero público más notable de la ciudad y guarida de mendigos y putas baratas, que defienden sus columnas de sueños y placeres. Allí, los borrachos orinan sin mirar a los lados para evitar un trompón o una puñalada disuasiva. Los policías ni se acercan.
Los noctámbulos que merodean desde el amplio y colindante Parque de la fraternidad, ofrecen de todo a los transeúntes que pasan, a los turistas que buscan sus hoteles y a quienes preguntan por la terminal de trenes de La Coubre. Los ingenuos pueden ser despojados al lado de un árbol o de una estatua. Solo ante los gritos y llantos persistentes intervienen los guardianes que pastorean con perros el Capitolio nacional y los hoteles del entorno.
La movida nocturna de La Habana no es tan colorida y agitada como en la seductora Madrid o la violenta Bagdad, pero cada noche los lobos aúllan en nuestras calles, plazas y parques sin tener en cuenta a los leones del Prado, a los generales de las estatuas y a los ángeles y querubines del Cementerio Colón, lugar de rapiñas y orgías macabras.
Los atracos, la violencia y los violentos que se drogan ponen en peligro a los caminantes y a quienes esperan el ómnibus de la confronta en muchos sitios de la ciudad. Los policías, con sus perros y sus miedos, casi siempre llegan tarde. Los ríos de orines, las vomiteras y los traumas de las víctimas no hallan espacio en la tele, la radio ni en los diarios oficiales.
¿Habrá que esperar por la desclasificación de los archivos para conocer la movida nocturna de La Habana en los albores del siglo XXI?

lunes, 26 de enero de 2009

En busca del paradigma. Por Miguel Iturria Savón.

Un colega de El Vedado recibió el 31 de diciembre a una psicóloga argentina que vino con su hijo a celebrar el 50 aniversario de la revolución. Para él era algo insólito. No compartía la euforia de su visitante, pero la escuchó con respeto y contestó a sus preguntas. Como la psicóloga viajaría por la isla para ver el monumento al Che, en Santa Clara, y el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, mi amigo le deseó buena suerte y declinó la propuesta de acompañarla.
No se si la especialista de Buenos Aires y su hijo encontraron anfitriones locales que los guiaran por el paraíso revolucionario que vinieron a descubrir. Tal vez tropezaron con algún oficial de las fuerzas armadas o con funcionarios del gobierno que repiten el discurso oficial, quienes identifican la ideología con el pragmatismo y al Estado con sus intereses.
Entre los turistas que llegan a la isla entre octubre y marzo, hay una minoría fascinada por los mitos políticos. Más que playa, sol y sexo, desean ver al pueblo elegido, culto, feliz y saludable que diseñan nuestros expertos en marketing turístico.
Supongo el desencanto de los extranjeros que arriban con tales sueños, pues los jóvenes que “coinciden” con los turistas viven de espalda a la retórica que identifica al país con la revolución, de cuya historia nadie se acuerda o la invocan para acceder a un puesto o una carrera “confiables”.
La revolución es cansancio y desvarío. Nadie siente nostalgía por su cadáver, la enterramos hace tiempo en la memoria colectiva. Como hecho social figura en los libros y en las mentes obsesionadas de quienes la concibieron y de los pragmáticos que integran la nómina del poder. Lo demás es ficción, un cuento larguísimo y aburrido que no conmueve a nadie.
Pero diciembre del 2008 estuvo marcado por la faraónica propaganda del 50 aniversario, lo cual atrajo a los nostálgicos de la dictadura del proletariado, ansiosos de acceder al reino del gran caudillo, cuyo hermano y sucesor viajó a Venezuela y Brasil, donde hubo agasajos y rituales simbólicos que no debemos confundir con la realidad insular. La “opción cubana” es un fracaso.
En diciembre vino hasta Patch Adams, el médico-payaso que actuó para niños en los municipios afectados por los ciclones, y aprovechó los espectáculos para criticar a los Estados Unidos y elogiar al gobierno cubano. Vinieron también los barcos de guerra de Rusia, que entraron a la bahía de La Habana como en los buenos tiempos.
Personalmente recibí o visité en los últimos días de diciembre a Beverly García, pianista cubana que vive en Dinamarca; a un economista que vino de Miami, a una amiga que emigró a México y a un joven investigador del Cerro que ejerce en una universidad de Madrid. Todos hablan de temas cordiales, ninguno evoca el fantasma de la revolución ni se pierden en digresiones ideológicas. Ellos y sus familiares no sueñan con paradigmas, ya los perdieron.

Una raya en el agua. Por Miguel Iturria Savón.

La historia de María del Carmen, Maby y Jacqueline tiene en común haber sido abandonadas por el esposo, previa negociación familiar y la promesa del reencuentro. Ellos partieron en yate pagado desde La Florida por los parientes de sus cónyuges, quienes los ayudaron a insertarse en los Estados Unidos para que reclamen a la esposa y al niño dejado en Cuba.
María del Carmen vive en Playa con Robertico, Maby en Centro Habana con el hijo de 6 años y Jacqueline en Santa María del Rosario con su pequeña Elianne. Ellas asumieron el hogar y la atención del hijo común. Cada semana reciben la llamada del esposo, quien a veces pospone la comunicación o habla con apuros por razones de costo. Si conversan con el padre, el hermano o el pariente de Miami que ayudó al marido, entonces indagan por el comportamiento de éste.
Cada una lleva tres años de espera e incertidumbre. Piensan en la reunificación y soportan el asedio del vecino, el amigo o el jefe del centro laboral. Pero el reencuentro depende de factores externos, pues es difícil obtener la ciudadanía norteamericana, lo cual facilita la reclamación.
Los jóvenes que presionan a los familiares de la mujer para que les financien el viaje ponen al hijo de ambos por el medio. Si ella parte y no se los lleva pierden la jugada, por eso les niegan el Poder sobre la patria potestad del menor. El esposo de Maby simplificó su táctica en una oración: “yo primero, si no me quedo con el niño y te va sola”.
Como la mujer no es amiga de montarse en una balsa o escapar con el muchacho, admite la riesgosa salida del cónyuge por un tercer país o por vía marítima. Quienes se van con Carta de invitación hacia Costa Rica, Chile o Panamá, como escala hacia los Estados Unidos, no pueden irse con su familia, pues el Estado cubano bloquea tal alternativa y prohíbe la salida provisional de los menores.
Pero en estas historias el final suele ser inesperado. Algunos rehacen su vida en México, Miami o New York y se olvidan del convenio con la esposa y la familia de esta. A veces sucede lo contrario. En ocasiones la mujer se busca un novio que la invite a España y no regresa a la isla ni busca al ex marido. Si el novio extranjero es enviado por el propio esposo, el enroque favorece el reencuentro.
Las mujeres que no soportan la soledad buscan un amante mientras el marido hace los trámites de reunificación familiar. Esto las lleva a la ruptura o la espera apacible. Es la variante clásica de las cubanas que romancean con un italiano o un español casado que no puede llevárselas.
Hasta ahora, María del Carmen, Maby y Jacqueline esperan a su marido como Penélope a Ulises en Ítaca; pero en esta isla del Caribe cuando el marido hace una raya en el agua no pretende volver. El tiempo y las circunstancias desencadenan finales inesperados.

viernes, 23 de enero de 2009

Los nombres del demonio. Por Miguel Iturria Savón.

El domingo pasado, mientras esperaba por el pan en el centro comercial “La campana”, en calle 8 y 101, Cotorro, Ciudad Habana, fui testigo de una conversación rutinaria entre dos religiosos y un joven agnóstico y provocador.
María le informaba a José Manuel los detalles de la última sesión de la iglesia pentecostal a la que asiste habitualmente. Los versículos que leyó el pastor, la encarnación del Espíritu santo en una joven que oraba al Señor para tener su hijo y otras interioridades del culto empezaban a cansarme, cuando el citado José María la interrumpió para referirle algunos aspectos del templo bautista al que acude los domingos por la tarde.
Ella retomó la palabra con fanatismo. “Yo voy a casi todas las iglesias cristianas, pero solo siento derramarse el Espíritu santo en la pentecostal. Orar es hablar con Dios…”
María no pudo continuar, el chico de la bicicleta que escuchaba con fastidio la interrumpió:
-“¿No rezan ustedes por el alma de Fidel Castro, dicen que se está muriendo?”-
-“¡Oh, no, de él nunca hablamos, solo nos importa las cosas celestiales!”-
- “Deberías pensarlo, él es el verdadero señor de todos los cubanos; su poder es inmenso”-
Ante el giro que tomaba la charla y como el pan se demoraba, José Manuel decidió frenar al chiquillo con una verdad escolástica:
-“El señor es uno solo y está en los cielos, su poder es infinito. Jesús Cristo es Hijo, Padre y Espíritu santo; ¿cómo te atreves a compararlo con un gobernante?”-
El chiquillo entonces sacó sus segundas intenciones, mirando a María le preguntó:
-“¿Y quién es el Comandante; si no es Dios debe ser Satanás, por algo le dicen la Bestia, el Caballo, el Anticristo…?”
Un viejo que estaba detrás interrumpió al insolente:
-“Deja eso muchacho que nos vas a complicar a todos. Si es lo que tú dices, bien, y si no también, aquí lo que importa es el pan”-
Hubo rumores y expectación, pero la cola empezó a moverse y el tumulto para adquirir el pan de cinco y de diez pesos disminuyó el interés en la charla iniciada por María y José Manuel, quienes pospusieron su plática para otro momento; mientras el joven de la bicicleta volvía a su puesto con una sonrisa en los labios.
Al marchar a casa con el pan bajo el brazo pensé en la aparente trivialidad del asunto. Algunos religiosos comentan sus rituales en cualquier sitio para evadir la aridez de la realidad. Pero asociar al ex gobernante enfermo con el Demonio en un lugar público es una osadía que infiere la caída de los estereotipos.
Hay leyendas que se extinguen por el cansancio de sus fantasmas. Si Fidel Castro sobrevive es en el folclor, el choteo y en los apodos que inventan los jóvenes para eludir al Innombrable. ¿Será obra del Satanás o el castigo divino por sus pecados terrenales?

viernes, 16 de enero de 2009

Perder estrellas. Por Miguel Iturria Savón.

No hay muchos tiranos en la historia de Cuba. Si excluimos a los Capitanes generales que gobernaron la isla de 1511 a 1898, desde el conquistador Diego Velázquez hasta el general Ramón Blanco y Erenas, y obviamos la Ocupación militar norteamericano de enero de 1899 a mayo de 1902, queda una centuria marcada por la República (1902-1958) y por la revolución (1959-2009).
Entre los gobernantes republicanos dos se convirtieron en tiranos. El general Gerardo Machado Morales obtuvo la presidencia en 1925, pero modificó la Constitución para prorrogar su mandato sin competir en las elecciones. Fue combatido por todos los sectores del país a pesar de su enorme plan de obras públicas. El 12 de agosto de 1933 huyó hacia el norte.
El otro dictador fue Fulgencio Batista y Zaldívar, ascendido de sargento a coronel y luego a general en las cruzadas políticas de 1933 a 1940, momento en que gana la presidencia democráticamente (1940-1944). Ante la imposibilidad de vencer en las elecciones de 1952, dio un golpe de estado en marzo de ese año y gobernó como un déspota hasta diciembre de 1958, cuando es derrotado por las fuerzas insurgentes encabezadas por Fidel Castro Ruz, quien transita de la libertad al totalitarismo y establece la dictadura más larga de la historia insular.
El auto titulado Comandante en Jefe se alió a la antigua Unión Soviética, exportó la revolución hacia América Latina, envió a miles de cubanos a las guerras de África y gobernó con un manual de marxismo bajo el brazo. Durante su largo mandato aplastó a la oposición interna, libró una batalla simbólica contra los Estados Unidos y controló la enseñanza, los medios de comunicación e impuso la propiedad estatal sobre la tierra, la industria y el comercio. En julio del 2006 renunció a sus cargos por enfermedad e impuso a su hermano Raúl como sucesor.
A pesar de las diferencias entre los déspotas que marcaron la historia contemporánea de Cuba, los tres fueron sanguinarios, fanáticos, manipuladores y excluyentes. Cada uno se sintió estrella y pusieron a la patria en la órbita de sus ambiciones. Los tres situaron los asuntos públicos en provecho de los particulares.
Machado y Batista desataron el caudillismo heredado del largo período colonial, pero no se atrevieron a desestructurar a la nación en beneficio de sus intereses totalitarios. Fidel Castro y su hermano sobrepasan todos los límites.
El pesimismo que envuelve a los cubanos al comenzar el 2009 es una metáfora del fracaso de medio siglo de dictadura “revolucionaria”. El tenebrismo del régimen, aún en pie, nos deja sin alientos y sin esperanzas de cambios. Tal vez haya que inventar una isla menos inerte o imaginar otras vidas mientras pasa la nuestra.
El tiempo, el cansancio y las denuncias son una piedra en el camino de la tiranía más larga de la historia de Cuba. Perder estrellas es uno de los sucesos registrados por la cronología insular.

Chicos malos. Por Miguel Iturria Savón.

Días atrás Tom Parfitt reseñó en The Guardian, reproducido por El Mundo (España), el pugilato en torno a la medalla de bronce otorgada en el podio de la historia rusa al tirano Stalin, una de las cincuenta personalidades del sondeo realizado entre mayo y diciembre del 2008, por el proyecto Nombre de Rusia, que encuestó por teléfono e internet a millones de interesados para designar a la figura histórica de todos los tiempos, honor que recayó en Alexander Nvsky, un príncipe guerrero medieval elevado al rango de héroe nacional por el Kremlin, a pesar de la rabieta de los comunistas que apostaban por Lenin y Stalin en el primero y segundo puestos, respectivamente.
En el segundo lugar quedó el reformista Piotr Stolypin, Primer ministro de Rusia a principios del siglo XX, durante el Zar Nicolás II, a quien Lenin ordenó ejecutar junto a su esposa y sus hijos. El poeta Alexander Pushkin fue cuarto; mientras Catalina la Grande obtuvo el undécimo puesto. Alexander Solzhenitsin, cronista del gulag, apenas fue reconocido.
El columnista recreó las mutuas acusaciones entre los comunistas y el gobierno. Mencionó al general que calificó a Stalin como salvador nacional por la victoria contra los nazis, sin tener en cuenta a sus millones de víctimas y desaparecidos.
Los comunistas cubanos también padecen la manía de fabricar héroes, aunque no se atreven a sondear la opinión pública sobre los gladiadores insulares de mayor incidencia en nuestra historia.
El tema pertenece al futuro; pero en el listado de una hipotética votación caben figuras variopintas, desde el indio Hatuey hasta el moribundo Fidel Castro, a quien los comunistas le darían el cetro y un santuario de cristal junto al busto de José Martí, en la Plaza de la revolución. Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte, Máximo Gómez y Antonio Maceo figurarían entre los próceres del siglo XIX; mientras que Frank País, José A. Echeverría, Camilo Cienfuegos y Hubert Matos representarían a los héroes y mártires de la lucha contra la dictadura de Batista, quien sería excluido al igual que el general Machado, aunque ambos tiranos promovieron la modernización del país y dejaron obras que compensan sus desmanes.
Entre los ángeles tutelares de la cultura, las ciencias y el deporte incluiríamos al poeta José María Heredia, el doctor Carlos J. Finlay, el antropólogo Fernando Ortiz, el ajedrecista José Raúl Capablanca, los escritores Lino Novás Calvo, Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante; el cineasta Gutiérrez Alea, el pintor Wilfredo Lam, el compositor Ernesto Lecuona, la bailarina Alicia Alonso, el cantante Benny Moré y el dramaturgo Virgilio Piñera, previa promoción del legado de cada uno.
Si dentro de dos décadas hiciéramos un sondeo para elegir a la figura de mayor relevancia insular, tal vez José Martí se lleve el oro. Los comunistas de entonces reclamarán la primacía para Fidel Castro o Ernesto Guevara. Dirán que hubo manipulación y algún general desmemoriado elogiará la “obra” del tirano y del comandante guerrillero que extendió la utopía fuera de Cuba.
Si votáramos ahora, ni los hermanos Castro ni el Che obtendrían medalla. Aquí solo los mencionan los locutores y los maestros que inventan la realidad.

lunes, 12 de enero de 2009

Surrealismo policial. Por Miguel Iturria Savón.

El programa Patrulla 444 sustituye en Cubavisión a los CSI. Lo dirige el actor Roly Peña e incluye en el elenco artístico a Bárbaro Marín, Yadier Fernández, Leonardo Benítez y otras figuras entrenadas por la policía, pues la nueva serie dominical exalta el trabajo de los agentes del orden público y cuenta con la asesoría y los recursos de ese órgano, que evoca el cincuentenario de la revolución y de la PNR.
Patrulla 444 da continuidad a Tras las huellas, Días y noches y otros seriales del patio que alternaron el tema con emisiones extranjeras en la televisión cubana. En los dos capítulos exhibidos los guionistas y asesores del programa presentan a los agentes policiales como seres realmente virtuales: son habaneros, respetuosos, educados, humanitarios y, como si fuera poco, hablan de cine, literatura y son expertos en artes marciales.
Más que un chiste, la serie distorsiona la imagen real del policía cubano. Casi todos son campesinos orientales, sin vocación ni rivalidades profesionales, mal preparados y sin mecanismos jurídicos que frenen su incompetencia, abusos y estupideces.
A pesar del esfuerzo por mitificar a los agentes del orden, en uno de los capítulos de Patrulla 444 se aprecia un error procesal muy común. Omar Alí interpreta a un ladrón que escoge a sus víctimas, las visita, hace confianza, obtiene las llaves de las casas y en plena luz del día les roba con un camión de permuta. El oficial del caso le pide a un testigo identificar a un sujeto apresado que se encuentra solo dentro de un cuarto. En teoría, deben mostrar a varias personas parecidas en edad, estatura, color de la piel, etc., así como rotarlos en rondas y vestuarios diferentes para evitar equívocos.
Al margen del desliz del guionista, les obsequio tres casos de surrealismo policial.
Una mujer caminaba hace poco por la calle San Lázaro con seis huevos en una jaba transparente. Antes de llegar a Infanta la detuvo un policía y le pidió explicaciones sobre el origen del producto. Como el gendarme no entraba en razones, la señora le rompió los huevos en la cara. La detuvieron unas horas en la estación más próxima pero no la acusaron de “atentado”. Era obvia la estupidez del agente.
En otro municipio capitalino, un jovencito se subió al mostrador de un lugar donde hubo una riña pública. Los agentes llegaron tarde y él les mostró el carnet de identidad antes de que se lo pidieran. Le ordenaron “perderse del lugar”, pero el chico pasó a un parquecito cercano. La misma patrulla lo detuvo después por desacato. Le dieron una golpiza. Un policía dijo que el adolescente le dio una patada al entrar a la Estación. El acusado expresó que los golpes empezaron en el auto y, al bajarse, se defendió con los pies. La lógica indica que casi nadie, esposado y en desventaja numérica, agrede a los gendarmes en la estación.
En el tercer caso, una mujer desesperada ataca con sus manos a un joven funcionario de orden interior (foi), a la entrada de una prisión de jóvenes de La Habana, donde nadie la atendía. El uniformado le riposta con un puñetazo. Ella lo confundió con el supuesto agresor del hijo detenido. El juicio fue comiquísimo. A la mujer le pusieron una limitación de libertad.
La mayoría de los foi son jóvenes orientales que cumplen el Servicio militar obligatorio como custodios de las prisiones. Sus relatos son tragicómicos. Supongo que ninguno aparezca en Patrulla 444. Nuestras cárceles no son virtuales.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Oxígeno contaminado. Por Miguel Iturria Savón.

La primera quincena de diciembre tuvo en La Habana aires de invierno, muchas colas y cierta atmósfera festiva. Millares de personas acudieron a las salas oscuras para disfrutar las propuestas del Festival del Nuevo cine latinoamericano. También hubo béisbol en el estadio del Cerro y en otros coliseos del país; algunas óperas en el “García Lorca”; las telenovelas brasileñas en la tele y celebraciones simbólicas como el surgimiento del Ejército rebelde, el día 2; la caída en combate del general Antonio Maceo, el 7, y la marcha del 10 por el sesenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tema tabú para el gobierno y de denuncia para los opositores que llegaron al Parque Villalón del Vedado, donde fueron golpeados u apresados, mientras en el Palacio de las Convenciones las figuras del régimen teorizaban sobre el asunto ante la prensa internacional.
La cartelera mediática puso en primer plano, además, los reportes sobre las maravillas del socialismo criollo, la Cumbre del CARICOM celebrada en Santiago de Cuba, el viajecito de Raúl Castro a Caracas y a Brasil y hasta el “oxígeno que representa para los cubanos” la disminución del precio de la gasolina y de los teléfono celulares en divisa, ofrecidos por las empresas estatales que controlan el petróleo y las telecomunicaciones.
La mayoría de los cubanos no poseemos automóviles ni teléfonos portátiles, pero hay que reconocer que el 10% de la población que recibe divisas podrá adquirir los celulares por el “módico precio” de 111 pesos convertibles, más de cinco veces el salario mensual de un profesor universitario.
La medida, por tanto, es recibida con beneplácito por la minoría de automovilistas que contaminan la atmósfera con sus autos viejos y ruidosos, por las chicas que tienen novios extranjeros, los trabajadores de turismo u otros centros de moneda dura y quienes reciben remesas desde el exterior y puedan darse el lujo de comprar un celular, y pagar entre 20 y 50 pesos convertibles al mes para estar en línea con algunos amigos y familiares.
Creo que lo demás es cuento de camino pues los cubanos estamos muy angustiada con la sobrevida para pensar en el precio de la gasolina y de los celulares que la mayoría no puede adquirir.
La colega Milagro L. Guereño, corresponsal de COLPISA, dijo, sin embargo, que “Con la adopción de estas medidas, la isla abre un poco más su modelo económico…” Al referirse a la visita de Raúl Castro a Venezuela, la ve como “Otro gesto de apertura paulatina”. ¡Qué imaginación!
Otro ángulo visual lo aporta un periodista independiente que no posee automóvil ni celular, pero aprecia “la rebaja sustancial en los precios de la telefonía móvil”, como una victoria de los reformistas que forcejean dentro del gobierno para modernizar el país.
Hay interpretaciones contrapuestas sobre las cosas que sucedan en esta isla, donde no pasa casi nada. Al menos en el tema de la apertura y los cambios democráticos, más virtuales que reales. Tal vez el frío de diciembre, las películas del festival y las colas del fin de año oxigenen nuestra atmósfera y bajen las tensiones, el simbolismo ritual y las pasiones.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Lectura colectiva. Por Miguel Iturria Savón.

El viernes 5 de diciembre leía El Nuevo Herald mientras esperaba el P 2, en G y 3ra, a cien metros del Malecón y del Ministerio de relaciones exteriores, en El Vedado. Como el ómnibus se demoraba algunas personas conversaban entre si. Tres hombres maduros susurraban a mi lado sobre la situación del país. Uno de ellos me pidió permiso para “echarle un vistazo al periódico”. Sus colegas lo imitaron; el segundo buscó las páginas deportivas; el otro las noticias sobre Cuba.
Cuando subimos al P 2, el primero de los hombres se sentó a mi lado, sus acompañantes ocuparon los asientos del frente. Compartí la lectura del diario miamense con los tres viajeros y con los jóvenes que curioseaban desde el pasillo. El que iba a mi lado leyó fragmentos del artículo de Andrés Reynaldo, pasó después a un texto de Rivero Caro sobre Lenin y Chávez. “Chávez es el mejor discípulo de nuestro señor”, dijo el más viejo, quien se conectó al tema político como si estuviera en la sala de su casa, donde ya no está su hijo mayor, “detenido por obra y gracia de una reflexión del Comandante…”
El más joven de los tres le siguió la rima: “Fidel es un cadáver político, ya no manda ni en su casa, quienes escriben por él lo reinventan para que todo siga igual. Mientras Chávez y los chinos apoyen a Cuba, Raúl seguirá con el cuento del Comandante y el socialismo. Vamos a ver qué inventa cuando Obama le retire el embargo y Chávez le quite la chequera de los dólares…”
En ese tono siguieron vaticinando el destino de la isla y el protagonismo de los Castro, mientras el ómnibus transitaba por la extensa Lacret. Yo me bajé en la parada del Diezmero con El Nuevo Herald bajo el brazo. Ellos continuaron hacia San Francisco o El Cotorro en medio de la indiferencia del resto de los pasajeros.
Aunque no suelo pensar en las ordenanzas del Comandante ni del General Castro, creo que mis acompañantes del P 2 no andan muy errados. Los tres hablaron con desdén de los hermanos que agobian al país. El que tiene al hijo preso cree que el Comandante está enfermo pero sigue al frente de todo, pues “sus reflexiones son órdenes para el gobierno, el partido y los tribunales…”
La gente tiene derecho a decir lo que piensa, pero hablar de un Castro contraponiéndolo al otro me parece un chiste metafísico. Ambos encarnan el estatismo, la represión, el control burocrático y la falta de libertades ciudadanas.
Nuestra población vibra y sucumbe ante el desasosiego, la incertidumbre y las frustraciones cotidianas, mientras el caudillo y su sucesor deforman los ángulos de la realidad insular. La mentalidad de trinchera de estos hombres les impide ver los cambios que el país necesita.
De todas formas, en un país como el nuestro, leer y pensar en público contra la contracorriente es un acto de libertad. Gracias viajeros por su compañía.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Dos hermanas. Por miguel Iturria Savón.

Caridad y Esperanza Fernández Suárez acaban de celebrar su sesenta cumpleaños con la ayuda de sus descendientes. La primera se inició como gastronómica en la fonda de su tío, confiscada por el Gobierno en 1968; la segunda cambió el magisterio por la costura. Las dos se casaron, tuvieron hijos y fueron infelices. Desde hace un lustro sobreviven de una chequera, entre los achaques de la salud, las colas del mercado, los ciclones y el cariño de los nietos.
En la sobremesa de los sesenta, las hermanas y sus anfitriones no hablaron de política ni de los sueños pospuestos. Encendieron una vela por la abuela María, quien murió pensando en su natal Puerto Rico; por el abuelo Eduardo, nieto de franceses y sargento del ejército durante el machadato; por Carmen, la madre que murió con premura, y por el tío Julio, sustituto afectivo del padre díscolo que las trajo al mundo.
Al conmemorar los sesenta, Esperanza y Caridad añadían nuevas angustias a la inmediatez de sus vidas. El ciclón “Ike” le llevó parte del techo al hogar de la primera. “Paloma” le tumbó el portal a la casa de la segunda. “¿Cómo resolver el problema si no ganamos para comer?”, dijo Cary, quien vive a unas cuadras de su hermana en Vertientes, provincia Camagüey, y vino a La Lisa invitada por Miriam, la sobrina que trabaja en turismo.
Como las gemelas ya no creen en las promesas de los funcionarios para enfrentar el desastre, piensan que un crédito para adquirir materiales sería más efectivo, pero saben que el gobierno no concede créditos ni dispone de materiales. “Si hubiera no sería para nosotras, no estamos ligadas al Partido ni a sus organizaciones…”, dice Esperanza, quien repasa sus frustraciones y espera a que baje la marea pues “ahora meten preso al que cojan con un saco de cemento, tejas, bloques u otra cosa”.
Esperanza y Caridad cerraron sus casas y emigraron a Matanzas y La Habana. Tienen fe en Dios y en la ayuda de algunos descendientes.
El caso de las gemelas es habitual en estos días. Los ancianos afectados por “Gustav”, “Ike” y “Paloma” piden auxilio a los familiares para abandonar los albergues colectivos. Es una variante posible, aunque no todos tienen parientes en la capital y en pueblos de cierta prosperidad.
Los trenes vienen cargados con personas que permanecen en La Habana. Algunos consiguen un alquiler aceptable y buscan trabajo por la izquierda, sin llamar la atención para no ser deportados. Otros se quedan con el beneplácito de hijos, hermanos y sobrinos.
Cary y Esperanza no regresarán a Vertientes. La sobrina de La Lisa le pidió a la primera que se quedara al cuidado del niño. La segunda seguirá en Matanzas “secuestrada” por la hija.
“Cuando cese la Operación Victoria y disminuyan las detenciones retornaremos para vender lo nuestro y traer el dinero”, expresa Cary con voz entrecortada. Ambas aspiran a celebrar el próximo cumpleaños en la capital de todos los cubanos.

Jugada anticipada. Por miguel Iturria Savón.

La calle Águila, entre Monte y Reina, fue el boulevard más notorio del mercado negro en La Habana hasta principios de septiembre. Sus vendedores ofrecían productos deficitarios con el consentimiento de compradores y policías. Allí encontrábamos ropas de todo tipo, objetos electrodomésticos, perfumería, relojes, alimentos y libros, desde el Camasutra hasta un best seller. Nadie cuestionaba la procedencia de las mercancías.
Con el paso de los ciclones llegó la ofensiva contra los mercaderes. El cambio meteorológico de la política penal cubana ha dado al traste con delitos menores tolerados para compensar la ineficacia del enorme aparato productivo y comercial del estado. Los vendedores fueron acusados de acaparamiento, especulación, receptación y actividad económica ilícita. Algunos pagaron multas y esperan juicios, otros huyeron, muchos están en prisión preventiva o en granjas de trabajo forzado.
La actual política penal ha puesto en jaque a la red de productores y pequeños comerciantes marginales, pero nuestro mercado negro es suigéneris y necesario, suple carencias, no ofrece drogas ni armas y es resultado de la asfixiante centralización estatal. Si bien hay que enfrentar la corrupción, el robo y otros vicios, no debemos acabar con el mercado de ofertas y demandas.
Al amigo de un vecino le movieron el piso. Era pequeño comerciante y poseía un taller para hacer refrescos, pero sorprendieron a sus dos colaboradores y estos indicaron al propietario, el cual reconoció su responsabilidad y aclaró el origen del negocio. Como no tenía vínculos antisociales ni antecedentes penales, le quitaron la fabriquita y le pusieron una fianza en efectivo como medida cautelar.
Al quedarse sin medios de vida, el amigo de mi vecino decidió buscar alternativas con unos parientes de Matanzas, pero la mujer lo llamó para decirle que lo andaban buscando, pues le cambiaron la medida cautelar por prisión preventiva. Ella puso un abogado y este le pidió que él se presentara, era un delito menor y no debía complicarse con evasiones.
Unos días después, ante la insistencia policial, la muchacha confirmó que ya tenía noticias de su esposo, quien la llamó desde Miami.
Es un caso extremo y precipitado, pero no es el único. Las personas que huyen del país con juicios pendientes después se arrepienten. Si regresan son apresados. Charles A.V., el amigo de mi vecino, dejó a sus padres, a la mujer y el niño. Tal vez no los vea nunca más, salvo que logre llevárselos por concepto de reunificación familiar o que haya un cambio en la isla.
Quizás dentro de unos meses resurjan los pequeños mercados y los gobernantes de Cuba pospongan la aplicación de la política penal meteorológica para la próxima temporada ciclónica. Por ahora, aumentan las colas, el hambre y la escasez, mientras los vendedores se reciclan, huyen del país o esperan tras las rejas.

lunes, 27 de octubre de 2008

Nuevos vientos. Por Miguel Iturria Savón.

Los meteorólogos no reportan los nuevos vientos que soplan en la isla, pero el Noticiero del canal seis, la Mesa redonda informativa y otros espacios siguen hablando de ciclones. Las imágenes de la devastación provocada por Gustav e Ike a fines de agosto y principios de septiembre siguen en pantallas, lo cual no está mal, pero distorsiona el nuevo acontecer; es decir, la ventolera represiva del gobierno contra la población, inmovilizada por la policía y los tribunales.
Después de los ciclones los cubanos seguimos en las mismas, pero con una sobredosis de derrumbes, carencias, colas, detenciones y “precios topes” para frenar a los especuladores. Es la hora de “pescar recursos” para quitar el lodo y restaurar las casas y los diques devastados por las aguas, pero al Estado solo le importa los eslabones de la cadena y para conservarla desatan las manadas de inspectores y policías.
Los jueces y fiscales reactivan los juicios sumarios. Cientos de detenidos y procesados están tras las rejas por unos panecitos, un cake, un paquete de galletas, un racimo de plátano, un pedazo de carne, una bolsa de leche, unas cabezas de ajos o un saco de cemento, un pedazo de cable eléctrico o unos angulares de metal. Los policías frenan así las iniciativas ciudadanas.
El martes pasado el doctor Eduardo Rodríguez González, Vicepresidente del Tribunal Supremo, informó al diario Granma sobre el aumento de las “sanciones contra los especuladores”. El magistrado detalló los delitos cometidos y las estadísticas de encierro en cárceles y granjas de trabajo forzoso, entre septiembre y octubre, cifra superior a los condenados de enero al 15 de agosto del 2008.
El miedo congela las iniciativas. Hasta los chistes escasean. Las personas se vuelven recelosas. Los informantes atisban tras las puertas. Hay que esperar a que pase la marea. La cautela es un ángel guardián.
Cientos de kioscos agropecuarios han cerrado, se esfumaron los vendedores ambulantes, nadie habla de “búsquedas e inventos”. Subió la demanda y disminuyó la oferta, los precios oscilan; la desesperanza anida en los barrios, pueblos, municipios y provincias. El alza del petróleo disminuye la frecuencia de ómnibus, camionetas, trenes y automóviles.
Pero ese es el plano menos virtual de la realidad cubana. Otro es el ángulo de la prensa oficial, triunfalista y distorsionadora, atenta a los catalejos del poder, tan frío y distante como los funcionarios que viajan al extranjero y reciben permiso del Comandante o el General Castro para hablar de temas puntuales desde México o España.
Mientras la policía reprime y los tribunales condenan a “especuladores”, nuestros burócratas juegan ajedrez con los gobiernos de España, México, Venezuela, China y Rusia. De España reciben millones de euros. Con México acaban de firmar un acuerdo migratorio para devolver a los cubanos que escapan de la isla. Venezuela concede créditos y petróleo. Rusia inaugura una catedral en La Habana y el Patriarca Gunjaev condecora a los hermanos Castro.
Después de los ciclones suceden cosas contrapuestas. El jueves pasado, mientras caminaba por la calle Obispo en busca de algo para comer, casi tropiezo con el actor Sean Penn, el pintor Kcho y el príncipe Antonio Castro Soto del Valle, médico del equipo nacional de béisbol, quienes salían de un restaurante de lujo ubicado frente al mar. El pintor y el hijo del déspota abrazaron a la estrella hollywoodense antes de que subiera a un lujoso automóvil; luego volvieron al restaurante. Yo seguí con mi hambre a cuestas por otras vías de la ciudad.
El caso es un ejemplo de los contrastes y los vientos que soplan después de los ciclones. Seguimos al ritmo de siempre.

viernes, 17 de octubre de 2008

Telegrama. Por Miguel Iturria Savón.

Telegrama. / Miguel Iturria Savón.
El cartero tocó a la puerta y antes de entregarme el telegrama me felicitó y pidió que le firmara el recibo. Me extendió entonces un pedazo de papel estrujado con mi dirección y un mensaje breve. Al preguntarle por el sobre me dijo sin inmutarse que no había en el correo. Fue una doble sorpresa, una sobrina me felicitaba por mi cumpleaños desde Matanzas, y el emisario local traía el texto abierto y con tres días de atraso.
No era un mensaje en clave, una cita de amor, una invitación ni un aviso de urgencia, pero la falta del sobre me dejó perplejo. ¿Cuántos empleados leyeron el telegrama? ¿Qué hubiera pasado si fuera algo secreto? ¿Conocerán los funcionarios de comunicaciones que la Constitución de Cuba refrenda, en su artículo 57, que “la correspondencia es inviolable”, aunque “puede ser ocupada, abierta y examinada en los casos previstos por la ley”? ¿Sabrán que “el mismo principio se observará con respecto a las comunicaciones cablegráficas, telegráficas y telefónicas”?
No conozco la ley complementaria al precepto constitucional invocado, la cual debe enumerar los casos necesarios e imprescindibles para quebrantar el derecho de “inviolabilidad de la correspondencia”; pero razonablemente estimo que sea por motivos que afecten la seguridad del estado, la nación, la economía o por “razones de utilidad pública o interés social”.
Pienso que mi cumpleaños no clasifique en los motivos que supongo, sino que es habitual el quebrantamiento o la ignorancia -en el mejor de los casos- del mencionado derecho por parte del personal de correos.
Para no ponerme paranoico recordé que años atrás yo recibía libros, casetes y cartas del psicoanalista mexicano Fredo Arias de la Canal, y siempre llegaban con el sobre abierto y meses de atraso.
Me acordé, además, de los amigos que se enteran de las cartas que le enviaron desde el extranjero cuando viene el familiar que les escribió. ¿Qué podemos hacer si las epístolas no llegan y los telegramas vienen sin sobre? ¿Será obra y gracia de los carteros o “casos previstos por la ley”?
El empleado que tocó a mi puerta es respetuosamente informal. Quizás sea la imagen del quebrantamiento de nuestro derecho a la inviolabilidad de la correspondencia. Tal vez no sepa que el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, firmada por Cuba en 1948 y ratificada recientemente por el gobierno insular, nos concede ese y otros preceptos para evitar la injerencia en la vida privada y familiar, incluidos el domicilio y la correspondencia.
En mi caso, como era un simple telegrama de felicitación, no fui al correo a dar las quejas por el sobre ausente. Me alegra que mi cumpleaños sea conocido por los empleados de comunicaciones, pero le pediré a mi sobrina que el próximo año me envíe saludos a través de una paloma mensajera.