lunes, 10 de noviembre de 2008

Figuración y erotismo. Por Miguel Iturria


La fachada de una isla son sus costas, pero los pintores desafían el paisaje. Las tonalidades del azul, los matices del verde y las mixturas del rojo han nutrido el panorama pictórico cubano, recreado en lienzos, grabados y litografías desde principios del siglo XIX. El exceso de luz, el colorido tropical, la geografía, el hombre del campo y el entorno urbano son temas recurrentes en nuestra plástica, cuyo camino registra nombres como F. Mialhe, E. Chartrand, Landaluce, V. Sanz Carta, Miguel Melero, Víctor Manuel, Carlos Enríquez y otros ilustres que grafican el paso entre tradición y modernidad.
En la aparente quietud de la plástica insular son notables los dibujos y pinturas de Rubén Rodríguez Martínez (Cárdenas, Matanzas, 1959), quien conjuga su labor creativa con la docencia en el Instituto Superior de Arte, donde es profesor de Serigrafía, especialidad que marca su obra pues fue uno de los fundadores del Taller artístico experimental de serigrafía “René Portocarrero”, en el cual dio clases magistrales e impartió cursos y talleres durante dos décadas.
Rubén ha participado en medio centenar de exposiciones colectivas y en más de diez representaciones individuales, de importantes galerías de La Habana, España, Estados Unidos y Puerto Rico. Desde 1983 sus grabados, lienzos y cartulinas han recibido premios y menciones dentro y fuera de la isla. En 1987 fue distinguido en Barcelona con el Premio colectivo de la Fundación Jaume Guasch; un año después obtuvo mención especial en el Salón de Ciudad Habana y, en el 2000, en el Primer salón de arte erótico.
El erotismo es una constante en la obra del artista, cuyo lenguaje creativo ha dialogado con la crítica y con el público especializado, sin tabúes ni en sentimentalismos. Su discurso visual transita por la combinación de signos, parábolas, alusiones y mensajes gráficos. Se apropia de códigos teológicos y culturales, los mezcla en una imaginería propia. En algunos óleos y cartulinas la cruz católica es acompañada por íconos de origen africano.
Pero el sincretismo que tapiza la cultura cubana es uno de los temas de sus piezas, en las que también se aprecia un pensamiento de lo cotidiano que se nutre del folklor, los proverbios, el sexo y otras aristas de la vida. En sus telas y dibujos sobre cartulina el erotismo ronda por encima de casi todas sus propuestas.
La crítica ha reseñado el dibujo esbelto y la elegancia de la figuración de los cuadros de Rubén Rodríguez Martínez, quien reitera, en diversos soportes y formatos, la figuración antropomórfica, animada de sensualidad y fina ironía. En óleos como “Usted ama como el gallo”, “Un gran susto trae felicidad” y “El que lo tiene adentro es el que se menea”, el pintor reta la imaginación desde una poética del sexo.
Por la singularidad de su obra gráfica este artista merece mayor espacio en los medios. Es difícil encontrar un catálogo o cuadros suyos en la red de galerías y en las tiendas que comercializan el arte contemporáneo de Cuba. Óleos y serigrafías de Rubén yacen en museos y colecciones privadas de Alemania, Brasil, España, Estados Unidos, Kuwait, La Habana, Teherán, Panamá, Uruguay y Venezuela. Tal dispersión exige una nueva entrega al público insular.

Intentar lo difícil. Por Lucas Garve.

Atrapar la imagen sensible de la Isla en una novela de aprendizaje fue la súper tarea de Lezama Lima en Paradiso. Sin embargo, creo que la totalidad de la imagen apresada en el texto literario escapa a cualquier clasificación.
Acaba de estrenarse en La Habana el filme “El Viajero Inmóvil” del cineasta Tomás Piard sobre la obra cumbre lezamiana. En la cinta de 87 minutos, más que a vertebrar una narración lineal característica del género fílmico, se recrean atmósferas al trasladar imágenes literarias al medio cinematográfico.
El realizador de la película cuenta con la actuación de Eslinda Núñez, Jorge Martínez, Herminia Sánchez, Georbis Martínez, Carlos Solar, Sergio Fernández, Jorge Alí. No son protagonistas típicos, siendo los diálogos bien escasos. Los actores son mediadores concretos de las imágenes de los personajes que conforman el mundo lezamiano a través de gestos, miradas, transiciones, actitudes.
Hay varios planos en el discurso audiovisual. Los amigos de Lezama o discípulos del Maestro intercambian criterios sobre su obra y personalidad. La familia centrada en el comedor gracias al almuerzo legendario acoge a algunos de los discursantes.
La primera secuencia de la película muestra una reunión de intelectuales en la hoy casa museo Lezama Lima. Entre los reunidos, se desplaza el actor que representa –de alguna manera- al escritor. Una representación de las tertulias animadas por el Maestro de Orígenes.
En la secuencia del almuerzo familiar de Augusta, la abuela, Reynaldo González, Ciro Bianchi Ross, César López, Pablo A. Fernández comparten sus opiniones sobre Lezama y Paradiso con los comensales a manera de invitados de la anfitriona. Intervienen con sus declaraciones al abordar la obra y la figura de José Lezama Lima, Pablo A. Fernández, Ciro Bianchi Ross, Reynaldo González, César López, Margarita Mateo, etc.
Los espectadores se sorprenden ante la presencia en pantalla de imágenes trasladadas del texto de la novela Paradiso al discurso cinematográfico pues desconocen la obra de Lezama y se torna difícil para ellos profundizar en la comprensión de las mismas. De cierta manera, esos intelectuales invitados- algunos frecuentaron al escritor en vida- ofrecen pautas para comprender la personalidad y la obra del escritor enorme que fue Lezama. Pero, creo que no basta.
Para muchos presentes en la sala de exhibición, las secuencias de desnudos masculinos y el erotismo de ciertas escenas, provocan cierto sobresalto y exclamaciones tan de rechazo como de aprobación.
Evidentemente, hay un público mayoritario todavía no preparado para captar la focalización visual de torsos, muslos, glúteos, piernas y genitales masculinos y aceptarla como ocurre con la belleza femenina sin reacción. Imágenes visuales que identifican escenas y episodios capitales de Paradiso para conformar la etapa de aprendizaje sexual de Cemí, el protagonista principal de la novela.
La oscuridad de la sala invita a algunos de los espectadores a expresar en voz alta opiniones sobre esas secuencias. En la fila delantera, unos adolescentes no paran de comentar sobre las imágenes que pasan en pantalla. A pesar de los criterios de los “amigos de Lezama” y a partir de la ignorancia de la obra reflejada en pantalla, emiten opiniones superficiales. No entienden que la hermeticidad de ciertos símbolos que se manejan en la cinta obedezca quizás al reflejo de los códigos que Lezama manipuló en sus textos. Su percepción se queda en la epidermis de la imagen visual que captan.
La crítica calificó mal la película. Según el especialista del diario oficial Granma, en el filme hay demasiadas imágenes, demasiados efebos, demasiada intensión. Realmente, es harto difícil trasladar un texto literario con la complejidad y hermeticidad lezamiana a imágenes cinematográficas.
Creo que una recreación de la época y de las influencias culturales que el escritor recibió en su período de formación hubiera corrido mejor suerte a los ojos del gran público. Realmente, no es una película de entretenimiento, ni de información biográfica sobre el autor. La voluntad del realizador de permutar imágenes literarias por equivalentes cinematográficas pudo no funcionar.
A mi modo de ver, el director al pretender mostrar las claves de la personalidad de Lezama Lima y de su obra cumbre Paradiso escogió la manera de hacer más difícil. Como tentativa de reconocimiento vale la pena. Quizás, aliente a quienes desconocen la obra del escritor de la calle Trocadero a intentar aproximarse a ella.

El bolero puede enmudecer. Por Lucas Garve.

El bolero como género surgió en Cuba a finales del siglo XVIII. Escrito en compás binario y tempo lento, está emparentado de alguna manera con el fado portugués y la saudade brasilera. De Cuba se extendió a otros países latinoamericanos y en Méjico tiene su segunda casa. Evidentemente, el bolero es un género musical urbano.
En Cuba, la época de oro del bolero fue en los años cuarenta y cincuenta. Para lograrlo, se unieron varios factores: el surgimiento de compositores amantes del género, de cantantes con fuerte personalidad cuyas voces privilegiadas sirvieron de vehículo a ese género musical, de varias compañías disqueras cubanas interesadas en la comercialización de ese producto musical, del fenómeno tecnológico de la victrola que inundó las cuatro esquinas de la isla, de un público amateur que lo reverenció, del impacto de la televisión y de revistas que popularizaron la imagen de los cantantes favorecidos por el público, de la vida nocturna urbana apoyada en cabarés, bares y night – clubs.
Realmente, se unieron todos estos factores para producir el complejo socio cultural denominado bolero cubano. Osvaldo Farrés, Pedro Flores, Julio Gutiérrez, Orlando de la Rosa, Frank Domínguez, Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, René Touzet, José Manuel Solís, más un larguísimo etc. jalonan la ya extensa lista de cultores cubanos solamente.
A pesar de celebrar anualmente un festival dedicado a mantener el gusto por el bolero en Cuba. Muchos factores que contribuyeron a su florecimiento, hoy han desaparecido lamentablemente. Aunque sobrevivan autores que continúan con su producción de boleros, la desaparición de voces apropiadas para cantar el género es notable.
Primero, por causas biológicas, las cantantes de la época de oro que sobreviven tienen hoy 70 años o más. Además, no se privilegia la personalidad artística de forma que materialmente cuente con suficiente acicate para el desarrollo en el género. Las producciones de los cabarés se conciben adecuadas a fórmulas turísticas poco creativas. En realidad, se perdió la infraestructura de soporte y renovación de este tipo de espectáculos y la entrada a los mismos se restringió a un público –extranjero principalmente- que no entendía, ni asimilaba, casi ni aplaudía la producción de un show o a un intérprete generalmente de perfil bien acentuado y carismático por ignorancia o poco interés.
La sin par Olga Guillot, Blanca Rosa Gil y sus hermanas, Vilma Valle, Berta Dupuy, Normita Díaz, las inolvidables Elena Burke y Moraima Secada, Omara Portuondo, La Lupe, Freddy, llenaron con sus voces únicas las salas de cabarés y night clubs que hacían interminable la noche. Misterio y pasión transmitidos en las letras de boleros increíbles por su manera de decir.
Hoy, nos faltan grandes cantantes de boleros. No pueden resurgir porque destruyeron los mecanismos y soportes que contribuían al nacimiento de verdaderos interpretes boleristas como individualidades artísticas musicales.
El bolero ha devenido en objeto museable. En La Habana, el Rincón del Bolero no es ni la sombra de lo que fue una red de cabarés, bares de esquina, clubes, salones, donde floreció el bolero para satisfacción de tantos. Espectáculos mediocres y Casas de Cultura llenas de polvo y desidia sirven a la tristeza del recuerdo de la época de oro del género.
La frigidez sentimental del funcionario comunista no entiende de boleros. Un bolero no se escribe por consigna. Cada bolero es irrepetible en su interpretación. Nos quedan en el recuerdo y en grabaciones y también en el corazón de los ya cincuentenarios. Los jóvenes cubanos ignoran en el presente una de las expresiones musicales más genuinas de su isla.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Otro caso violento. Por Miguel Iturria Savón.

Cuando asisto a la sala de lo penal del Tribunal provincial de Ciudad Habana salgo alterado por la estupidez humana. Cada juicio reafirma la creciente pérdida de control sobre las emociones. La marea de actos violentos constituye una crónica de la rabia y la desesperación, principalmente en la periferia de la capital, donde la marginalidad salpica la vida de las personas, en especial de las mujeres, víctimas esenciales de la irracionalidad. Si resumiéramos las vistas orales podríamos escribir un catálogo de agresiones, arrebatos, fracasos y sentimientos contrapuestos.
Como la prensa insular no se refiere al tema, voy a esbozar el caso que presencié a mediados de octubre. El acusado, Miguel Chávez Guillén, de 39 años, natural de Villa Clara y vecino de La Guinera, municipio Arroyo Naranjo, Ciudad Habana, comparecía ante el Tribunal por violación de domicilio, atentado y coacción, por lo cual estaba preso preventivamente desde su detención. El mismo penetró en el domicilio de Idalmis Alfonso Reyes, con quien mantuvo relaciones amorosas, y le exigió a esta que le retirara la denuncia por lesiones que le formuló días atrás; ante la negativa de su ex amante, Miguel la golpeó, la violó y la amenazó.
Casi un mes después la hija de Idalmis, al visitar a la madre y conocer lo sucedido, denunció al violador en la estación policial del Capri, barrio colindante de La Guinera. La detención favorecieron las investigaciones. Miguel, de pésima conducta social, había sido sancionado en Matanzas, por hurto en 1993 y robo en 1999; por las mismas causas posteriormente, en el municipio habanero de Caimito; por lesiones, en Arroyo Naranjo, en el 2005 y en julio del 2007; por coacción, en Marianao, en el 2004, y por delitos similares que lo llevaron a prisión o al pago de multas.
Cabe preguntarnos si Idalmis Alfonso Reyes conocía los antecedentes de este personaje antes de relacionarse con él, pero no viene al caso; en el juicio mostró la torpeza de sus emociones y la fragilidad de sus sentimientos. Su rostro expresaba miedo y frustración. El testimonio de la hija giró en otro ángulo.
Según el fiscal, lo acaecido encierra tres delitos: violación de domicilio, previsto en el artículo 287.1.2 del Código penal; de atentado, refrendado en el 142.1.2, y de coacción, basado en el 286.1. Al citado Chávez Guillén, autor de los hechos imputados, le pidió una sanción conjunta y única de 4 años de privación de libertad, conforme al artículo 56.1b del Código de referencia, más la pena accesoria prevista en el 37.1.2.
Si bien el abogado de la defensa impugnó el delito de atentado e hizo algunas precisiones con la víctima y los testigos presentados, la vista oral quedó lista para la sentencia que dictarán los jueces.
El litigio, como tantos sucesos cotidianos llevados a los tribunales, me hizo pensar en la curva creciente de la violencia, especialmente la que acontece de puertas hacia dentro, en la soledad del hogar. La pérdida de valores dispara las pasiones.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La marea. Por Miguel Iturria Savón.

El mar nos encierra y nos define pero la vida es más compleja que las mareas; el flujo social no depende de la atracción de la luna y el sol, sino de la articulación de una política que, en el caso de Cuba, marea y confunde a las personas pues ya pasaron los vientos huracanados de Gustav e Ike, pero no volvemos a la rutina tragicómica de nuestras vidas, sino a la fascinación por las situaciones extremas.
Basta con caminar por las aceras, hablar con los vecinos o buscar el mercado de cualquier barrio o municipio para palpar las detenciones absurdas, el cierre de los pequeños negocios y el decomiso de vehículos y mercancías. Los policías actúan con impunidad, los delatores con alevosía, los funcionarios con miedo y los tribunales con indiferencia.
La natural tendencia a sobrevivir ahora es un problema. Lo que era lícito en agosto es un delito desde septiembre. Los despidos en los centros de trabajo están a la orden del día. Hasta para chapear o enterrar a los muertos es necesario un aval de buena conducta social. El clientelismo es imprescindible para acceder a las nóminas estatales.
A Esperanza, una amiga de El Cotorro, le negaron un empleo en el aeropuerto de La Habana. “Sabemos que cumples con todos los requisitos pero el Delegado del Poder Popular dijo horrores de ti. Si te damos el puesto es capaz de denunciarnos cuando te vea con el uniforme”, le dijeron. Ella decidió olvidar los trámites y ejercer como peluquera por cuenta propia, sin pedir permiso.
La esposa de Manolo, profesor y excombatiente internacionalista, ha contratado a un abogado porque a su cónyuge lo encarcelaron por trasladar 100 bloques y 10 tejas para reparar la casa. Al enterarse, un vecino enterró 250 bloques y 8 sacos de cemento para evitar denuncias. En la prisión de Valle Grande el hacinamiento es enorme.
Otros hacen lo mismo. La represión impone la cautela. La marea oficial apunta contra las acrobacias personales. Los que intentan reciclarse se convierten en outsiders. Desde la neblina del poder no se aprecia a quienes superan la indigestión de la política. Vivir con proyectos es un desafío.
El sueño socialista pregonado desde las alturas ya es una pesadilla para la mayoría. En estos días, los ciudadanos estamos más encorvados por el peso de los sacrificios. Vegetamos entre la pared del desencanto y las quimeras de un grupo político que vive a toda leche, pero habla de igualdad, renuncias materiales y batallas de ideas.
Los ciclones son el pretexto de la Operación Victoria, penúltimo acto de la comedia revolucionaria reescrita por el Comandante desde su lecho de enfermo. Nuestro Mesías y sus seguidores vuelven a confundir la vida con la historia y apuestan por el vacío.
Sin futuro a la vista y bajo sospechas de infidelidad, los cubanos debemos preguntar: ¿Para qué sirve un “líder histórico” que multiplica nuestros problemas? ¿Hasta cuándo vamos a convivir con el pánico y tolerar la marea represiva?

viernes, 31 de octubre de 2008

Estrategia de la tensión. Por Miguel Iturria Savón.

En Cuba, el planeta de la política nos convierte en satélites. Giramos al compás de la rumba revolucionaria contra el enemigo imperialista. Nuestra órbita es el socialismo. En el firmamento insular cambian las circunstancias y las consignas, pero la tensión es la misma desde hace medio siglo. Quien se atreva a opinar contra el único partido, la economía de estado o el poder indefinido de un hombre providencial cae en desgracia. Los edictos de palacio son inapelables, resumen la fábula del Mesías.
Como el Mesías tiene alma de guerrero ha convertido la isla en un campamento militar. Sus tácticas y estrategias nos mantienen en tensión. La tensión justifica nuestro balanceo de zombis en torno al guión escrito por los jerarcas uniformados.
El diseño de una estrategia de tensión prueba su eficacia en las circunstancias más adversas, principalmente ante las catástrofes naturales que escapan al control del gobierno, el cual se aprovecha de los problemas para frenar los estallidos populares. Ante un ciclón, por ejemplo, el régimen combina la ayuda posible a los damnificados con la represión policial y las promesas que catalizan y desvían el descontento.
Los “especuladores” son el chivo expiatorio de la oleada represiva desatada por el castrismo contra el pueblo cubano después del paso de los huracanes Gustav e Ike, cuyos vientos y lluvias arrasaron parte de la isla y dejaron sin vivienda a casi dos millones de personas.
La policía controla las entradas y salidas de La Habana, Pinar del Río, Isla de Pinos, Camagüey y el norte de la zona oriental del país. La cruzada está dirigida contra quienes buscan alternativas propias. Detienen a camioneros con productos agropecuarios, decomisan vehículos y mercancías, registran a taxistas, ciclistas y ciudadanos de a pie. La sospecha, el decomiso, las denuncias y las sentencias de los tribunales marcan el paso de la recuperación, como si los pobladores fuéramos culpables de los desastres naturales.
La dictadura sabe administrar la tensión cuando le conviene. Así lo hizo en 1961, 1963, 1968, 1970, 1980, 1994, 1996 y en la primavera del 2003. Pero no estamos en presencia de una invasión, de cohetes nucleares, de la ofensiva para expropiar a los pequeños propietarios, de la zafra de los 10 de millones –ahora producimos menos de 2 millones de toneladas de azúcar-, del éxodo masivo hacia la Florida, de la revuelta en el Malecón de La Habana, de las avionetas de los Hermanos al rescate ni de la ola represiva para descabezar a la oposición interna.
Ahora, como entonces, las autoridades no han declarado el Estado de sitio, pero los patrulleros detienen a cualquier sospechoso, aunque no haya rebeldes en las montañas ni terroristas en las ciudades. Los vendedores ambulantes son perseguidos como delincuentes; los dueños de kioscos agropecuarios tuvieron que cerrar por la ausencia de mercancías y la imposición de precios ajenos a la oferta y la demanda. La demanda sobrepasa a la oferta, crecen las colas, el estrés y el murmullo y la angustia de los hambrientos.
Al mensajero de mi cuadra lo han detenido dos veces en plena calle. Tuvo que mostrar sus documentos y justificar el origen estatal de cada panecillo. Otros ancianos sufren el chequeo de sus carretones, mientras los clientes esperan, los niños van a la escuela sin desayunar y los agentes de la policía merodean los mercados en busca de ladrones y especuladores.
Así marchan las cosas en cualquier barrio de La Habana. Los funcionarios aumentan el control y presentan al estado patrón como el único suministrador confiable en medio de la crisis alimentaria. El absurdo galopa como un caballo desbocado.
Realmente se trata de otra máscara para encubrir el miedo de la élite que rige el destino de nuestra isla desde la estratosfera del gobierno. Los policías que acosan al pueblo no pueden “frenar a los acaparadores” de las alturas; ellos son el peor de los ciclones.

Penurias sobre ruedas. Por Miguel Iturria Savón.

Entre el sábado 18 y el domingo 19 de octubre visité a unos familiares en Matanzas, la ciudad de los puentes. Fue un viaje azaroso a través de la Autopista nacional, de tramo en tramo, en camiones, autos viejos y un ómnibus destartalado. Si hubiera imaginado los trances que pasé pospondría el encuentro para tiempos mejores.
En el puente del primer anillo subí a un camión ruso, junto a 12 hombres y 7 mujeres. La policía nos detuvo a la entrada de San José de las Lajas, pero solo le pidieron los papeles al conductor y les echaron un vistazo a los pasajeros. Al llegar a Vegas volvieron a registrarnos. Tuvimos que abrir los bolsos, maletines, carteras, mochilas y jabas. Bajaron a un rubio que transportaba dos pomos con aceite y al mulato oriental que llevaba cuatro sortijas en la mano izquierda, tres en la derecha y un bolso con mercancías de la shopping. Mi mochila no llamó la atención de los gendarmes, quienes observaron con intriga los ejemplares de El Nuevo Herald, ABC, El Mundo y El País.
El rubio y el mulato siguieron en el Lada de la policía. El resto en el mismo camión hasta la entrada de Nueva Paz, donde algunos abordaron una camioneta para Jovellanos y otros el “camello” de El Calvario a Los Palos, último pueblo de La Habana por el circuito sur. Allí cogí un “almendrón” hasta Cabeza, primer centro urbano de Unión de Reyes, municipio de la provincia Matanzas.
Durante el resto del trayecto no faltaron inspectores, policías, puestos de vigilancia y registros. De Cabeza a Bermejas, Alacranes, Unión de Reyes, “Juan G. Gómez” y Matanzas se aprecia la belleza del paisaje natural y la desolación urbana provocada por medidas extremas y persecuciones absurdas. La tensión de los rostros acosados por la pobreza y la desesperanza me hizo recordar el letargo y la apatía del pueblo descrito por Reinaldo Bragado Bretaña en La estación equivocada.
Esos pueblos parecen náufragos sin puertos, pero en sus calles subsisten iglesias, parques, liceos convertidos en casas de cultura, shopping para recaudar divisas y pequeños mercados con fruta bomba, guarapo, plátanos verdes, yuca y carne de cerdo a precios astronómicos.
Los poblados que atravesé no sufrieron los embates de los ciclones Gustav e Ike como Isla de Pinos, San Cristóbal, Los Palacios y La Palma. La penuria que los agobia es fruto del huracán político que azota al país hace medio siglo. Algunos me hablaron de la Operación Victoria como del último ramalazo, un estado de sitio no declarado para acopiar recursos agropecuarios, regular los precios y detener a peligrosos especuladores como el rubio y el mulato de las sortijas.
Tan original manera de enfrentar las secuelas de los fenómenos naturales puede desatar el descontento social. La represión no abastece los mercados. La gente sobrevive en los límites de la penuria, al borde de la cólera. ¿Hasta cuándo soportarán tantos atropellos?
Mis parientes de Matanzas conocen el catálogo de horrores, pero juegan al azar. Se entretienen con el Show de Alexis Valdés, un CD de Robertico, un musical de Juan Gabriel y un filme sobre un emperador chino momificado. ¿Será una alegoría con el mandarín que gobierna nuestra isla desde una mansión amurallada?